EL Rincón de Yanka

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EL CAMINO DE CUARESMA

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miércoles, 21 de febrero de 2018

"FARIÑA" EL LIBRO DE NACHO CARRETERO PARA ENTENDER LA HISTORIA DEL NARCOTRÁFICO GALLEGO


"FARIÑA": Un libro imprescindible para entender la historia del narcotráfico en España. El periodista Nacho Carretero repasa los personajes, las tramas y los clanes relacionados con el negocio de la cocaína en Galicia, que convirtió a las Rías Baixas en la puerta de entrada de esta droga en Europa.

Nacho Carretero (A Coruña, 1981) regresa a su Galicia natal para contar la historia y las indiscreciones del narcotráfico que regó la ría de Arousa de dinero, corrupción y muerte. El periodista repasa el camino que siguió el contrabando hasta convertir a los clanes gallegos en los cómplices de los carteles colombianos para exportar droga a Europa. Desde las prácticas del estraperlo con medicamentos, armas o alimentos después de la Guerra Civil, el sur de la región convirtió a raia seca, la frontera difusa que separa a Portugal de Galicia, en territorio de nadie. Tampoco de las fuerzas de seguridad ni de las autoridades judiciales.

Carretero inicia su relato con una narración histórica que ayuda a conocer los porqués del fenómeno. De esta manera podemos comprobar como los inicios del “producto más exportado de Galicia por encima del marisco” no se debieron meramente a motivos geográficos, sino que en las costas gallegas ya existía una trabajada infraestructura del contrabando desde mucho tiempo atrás y que la introducción de la droga en el negocio se debió fundamentalmente a la mayor rentabilidad que ofrecía cada descarga.

El periodista traza la cronología del narcotráfico de forma brillante, explicando cómo es posible que una sociedad llegue a aceptar como normal las prácticas del contrabando de tabaco primero, y de la cocaína después. En la lógica que rodea a la farlopa, también se hallan los ingredientes que vician a una población marcada por el tráfico de la droga en la década de los ochenta y noventa. "Los contrabandistas son la gente más honrada que existe", llegó a decir Manuel Díaz, que fuera alcalde de A Guardia. Le apodaban "Ligero" por lo rápido que corría delante de la Guardia Civil cuando hacía contrabando con Portugal. Él era uno de ellos. Igual que Marcial Dorado, Sito Miñanco, Manuel Charlín y Laureano Oubiña.

Los principales narcos de los clanes gallegos trabajaban con total impunidad, amparados por el silencio de muchos vecinos, policías y políticos que durante mucho tiempo miraron para otro lado. Carretero desgrana de forma exhaustiva las relaciones entre los diferentes grupos de familias, a veces unidos, otras enfrentados. Las descargas de tabaco primero y luego de fariña -harina, nombre popular en gallego con el que se bautizó a la cocaína- contaron con el apoyo cómplice de una buena parte de la sociedad de la ría de Arousa. En ese contexto se riega la semilla perfecta para que la droga germine. Niños que quieren ser contrabandistas de mayores, mujeres de narcos que se quejan de los yonkis, políticos que impunemente se aprovechan del dinero de la coca para conseguir apoyos, policías que dan chivatazos. Eso fue lo que ocurrió en Galicia hasta hace no tanto.

El periodista no solo repasa de manera minuciosa las redes del narcotráfico. También revela el papel fundamental que tuvieron las "madres coraje" de los jóvenes sumidos en el infierno de la droga. Organizaciones como la asociación Érguete (Levántate, en castellano), con Carmen Avendaño a la cabeza, fueron clave para despertar la conciencia de la clase política y de la sociedad. Sus concentraciones a la puerta del Pazo de Baión, propiedad por aquel entonces de Oubiña, fue la señal de que en Galicia pasaba algo. Algo contra lo que había que luchar. "Cuatro valientes, si acaso, cuatro inconscientes, levantaron la voz contra las organizaciones que engordaban sin obstáculo en la Galicia de la segunda mitad de los 80", narra Carretero.

Organizaciones sociales como Érguete fueron clave para luchar contra los narcos que sumieron a miles de jóvenes en el infierno

Pero si algo caracteriza a este libro es la búsqueda de la objetividad, tan difícil siempre de alcanzar y más a la hora de tratar un tema tan peliagudo como éste. Carretero adopta una estrategia inteligente; deja hablar a los protagonistas, a la gente de los pueblos costeros gallegos, a los investigadores, a los policías, a los jueces, a los arrepentidos, a las crónicas de periódicos de la época. Algunas insinuaciones son especialmente sangrantes, como la de un narcotraficante colombiano, que presume de haber logrado su liberación de las cárceles españolas a cambio de 20 millones de dólares (“5 de los cuales se los quedó Felipe González“).



Y es que las conexiones del contrabando con la clase política de la época fueron más que evidentes; “Todos los partidos de la época se financiaron con el narcotráfico”, sentencia un juez en el libro. Alianza Popular, predecesor del actual Partido Popular, es el más señalado, entre otros motivos porque era y sigue siendo el partido hegemónico en Galicia. Para el recuerdo queda la foto del actual presidente de la Xunta, Núñez Feijóo, con el narcotrafricante Marcial Dorado en el yate de este último. Una foto que, como recuerda Carretero, no tuvo consecuencias políticas.
Hubo un tiempo en el que los clanes gallegos contaron con la complicidad social, policial y política para engordar sus ingresos a costa de una sociedad que también miró para otro lado
Uno de los problemas que puede encontrarse el lector es la gran cantidad de nombres propios y de familias que aparecen en la novela y que llegan a hacer la lectura algo caótica. Pese a ello, la estructura del libro es muy acertada, ya que va de lo general a lo específico, del ambiente de impunidad, delincuencia y riqueza propiciado por la droga a la idiosincrasia de los Charlín, Oubiña, Miñanco y demás líderes mafiosos. El trabajo de documentación es magnífico; del relato se desprende la minuciosa tarea del autor para conocer a fondo los orígenes de los contrabandistas, sus primeros pasos y cómo el carácter y las costumbres de cada uno marcan su futuro y el de sus colindantes. Los hubo de todo tipo: supersticiosos, analfabetos, cultos, mujeriegos, religiosos, ostentosos, discretos, generosos, violentos…
Fueron años de un fuerte vacío legal y moral, en los que la permisividad se unió al desconocimiento y a una ley que era tan punitiva con el tráfico de estupefacientes como con el tabaco. Como explica Carretero, por desgracia, la película que mejor representa la problemática de aquella época es Airbag, con la figura de un narcotraficante gallego con tanto dinero como contactos políticos y falta de escrúpulos.
Pero afortunadamente Galicia no se convirtió en Medellín ni en Sicilia. Prueba de ello es que Carretero haya podido publicar este libro sin presiones -hasta ahora- y sin tener que temer por su vida, a diferencia de Roberto Saviano, escritor que puso sobre papel las miserias de la mafia italiana en 2006 con Gomorra y que aún hoy tiene que vivir protegido las 24 horas del día. Su último trabajo, CeroCeroCero, trata también el tema del tráfico de cocaína aunque, como él mismo aseguró en una entrevista, su vida quedó arruinada con su primera investigación.
Buena parte de la culpa del fin de la impunidad la tuvieron un grupo de valientes mujeres, las llamadas ‘Madres contra la droga’, a quienes Carretero da la importancia que merecen en su relato. Ellas, cansadas de ver cómo sus hijos mendigaban, robaban y morían en las cunetas sin que nada pasase se organizaron, protagonizaron los primeros escraches contra los capos y sus familias y consiguieron que el foco público se posase sobre quienes habían vivido tranquilamente en las sombras.
Sin duda nos encontramos ante una lectura de lo más recomendable, que muestra una de las muchas manchas de la historia de España y de cómo Galicia pudo haber sido otra región más dominada por las mafias. Con todo, el problema del narcotráfico no ha sido borrado de las costas gallegas, como bien recuerda Carretero, si bien sus líderes no cuentan con la protección e incluso el prestigio que disfrutaron durante décadas.

Aquellas protestas germinaron en las primeras redadas contra el narcotráfico gallego. La Operación Nécora, dirigida por el juez Baltasar Garzón y el fiscal Javier Zaragoza, fue la primera de muchas operaciones contra los clanes de la fariña. En el libro, Carretero explica de forma clarividente cómo la presión social consiguió reformas políticas muy importantes en la lucha contra la droga. Entre otras, la reforma contra la ley del blanqueo de capitales de 1988, en la que se tipificó por primera vez el de los bienes procedentes del narcotráfico. Fue de este modo como Hacienda se convirtió en el azote de los capos. Y uno a uno, fueron cayendo.

Terminar con la complicidad social o blindar la legislación contra la droga y la evasión fiscal fueron claves, según Carretero, para que Galicia no se convirtiera en Sicilia. Pocos fueron los que alzaron la voz en aquella ría de Arousa del silencio. Pero el alarmismo que cuajó en España sobre la situación del narcotráfico en los ochenta y los noventa, especialmente por la generación perdida, provocó también una espiral de olvido informativo a día de hoy. Los históricos cayeron, pero la cocaína sigue entrando. Si antes se miraba para otro lado con la droga, dice el periodista, ahora se mira para otro lado con los narcos. Es la conclusión de un libro que va ya por la cuarta edición, una crónica que cae en el lector como un jarro de agua fría. Brillante y duro a partes iguales, la obra de Nacho Carretero es tan necesaria como imprescindible.

Por cierto, se ha anunciado recientemente que Antena 3 emitirá una serie basada en Fariña. Sólo espero que la ficción mantenga la esencia del libro: la de exponer, sin condenas morales previas ni maniqueísmos, la influencia del tráfico de drogas en las costas gallegas y de aquellos que se beneficiaron y aún se benefician de este lucrativo y pernicioso negocio.



EQUIPO DE INVESTIGACIÓN - LOS NUEVOS NARCOS


INFANTICIDIO E INDIFERENCIA COBARDE Y CÓMPLICE DE LOS ADULTOS




A Rosa Jiménez y su familia, 
sintiendo su dolor como mío.

I
Hace cuatro años, hablé de la muerte de Leonel Piñango, un niño asesinado por un GNB, mientras volaba papagayo con unos amiguitos. Un caso espantoso. Dolió en aquel entonces.

Una vez , hablé de lo que creía era el Infanticidio Nacional a raíz de la detención de un niño en una protesta en Caracas, llevado a rastras por un policía. Indignó en aquel entonces.

Vendrían luego los casos del niño Kluivert Roa, de Neomar Lander y de tantos, tantos muchachos, que ya se cuentan por miles. Solo hablando de los conocidos. Si vamos a los anónimos, llegamos a las decenas de miles o quien sabe. Horror mayúsculo.

Pero el horror es mayúsculo y doble, pues no solo es el horror que se padece, sino el horror magnificado por la indiferencia de quienes viendo el padecimiento, viven como si nada pasara. No parecen conmoverse millones ante el sufrimiento de miles. Como si no lo vieran, como si la compasión se esfumó de la sociedad.

Pero, a pesar de esa indiferencia adulta, que creció y se enquistó, el horror siguie, sin detener su marcha ni su ritmo.

II
Desde el 20 de julio de 2013, la emisora Radio Caracas Radio me ha dado refugio en sus estudios, junto a Nehomar Hernández, para dar a conocer mi opinión y, mucho más importante, conocer la opinión de la inmensa audiencia que tiene la emisora. De esa manera, durante casi cinco años, hemos logrado conocer de primera mano las angustias de quienes nos llaman o escriben, de sus vivencias, de sus tristezas y alegrías, en medio de tanto horror. Y de algunos, casi somos familia ya.

Muchos de nuestros oyentes actuales, nos acompañan desde ese primer día sábado. Un programa sabatino donde se hablaba de política y se permitía la participación de la audiencia, que por varios avatares del destino, pasó a ser de emisión diaria cuando durante la semana empezaron a quedar espacios vacíos producto de la censura del régimen contra compañeros como Iván Ballesteros o Nitu Pérez Osuna. Voces que siempre estaban allí para hacer sentir su presencia y su opinión, a veces de acuerdo a veces en desacuerdo, con lo que debatíamos. Teresa Padilla, Luis Chirinos, Luis Cruz, Alegría González, Francisco Romero, Rosa Jiménez. A Rosa, de Guatire, la empezamos a conocer como “la cabillera de Guatire” como ella misma se bautizó, porque siempre lograba que la llamara le cayera y siempre opinaba, de forma bastante graciosa, sobre hechos que complicaban la vida de los venezolanos y que el régimen acostumbraba dejar servido en bandeja de plata para la burla.

Esta semana, escuchando a Thays Peñalver en su programa de los mediodías en la emisora, con atención oía a Thays conversar con la siempre puntual Blanca Rosa Mármol sobre la justicia en el país. Y al abrir las llamadas, allí estaba Rosa Jiménez, de Guatire, con su tono de voz habitual de siempre. Y participa para decirle a Thays algo así: Este fin de semana que pasó, en el hospital de Guatire nacieron unos gemelos prematuros, sietemesinos. No había incubadora en condiciones para tenerlos y los dos bebes murieron. Y Rosa remata diciendo. “Doctora ¿y sabe por qué se todo eso? Porque esos bebes eran mis bisnietos”.

Un inmenso corrientazo me recorrió la columna. Un corrientazo físico. Me sentí electrocutado al escuchar a Rosa, normalmente jocosa y alegre a pesar de las circunstancias, con la voz quebrada y triste, gimiendo su dolor de madre, de abuela, de bisabuela. Su impotencia. Me quedé atónito. Quise correr a abrazarla y llorar con ella.

Las palabras con las que Thays y Blanca Rosa Mármol respondieron a esa noticia tan terrible, fueron para mi un complemento a mi estupor. El reclamo de Thays y de Blanca Rosa, fue el reclamo también de dos madres y de dos abuelas, pero también de dos ciudadanas venezolanas que señalaron al sitio de la sociedad donde están los indiferentes a ese dolor. La pregunta que quedó en el ambiente fue ¿Dónde están ustedes, los que gritaban “con hambre y desempleo, con Chávez me resteo?” ¿Dónde están ustedes, los que gritaban “Así es que se gobierna” cada vez que el insepulto comandante de la desgracia gritaba “¡Exprópiese!”? ¿Dónde están ustedes, los que se enorgullecían de chocar el puño contra su palma, a modo de saludo amenazante, cuando veían a opositores expresándose en las calles?

¿Y dónde están ustedes, los que se iban a la playa cuando había marchas opositoras? ¿Dónde están ustedes, los falsos ciudadanos que creen que su único deber es ir a votar cuando lo convocan, sin importarle que hacen con su voto ni con el resultado de esas elecciones, sin reclamarle a los dirigentes que una y otra vez los llevan a votar, enclaustrados todos en un electoralismo que usan de coartada para su superioridad moral?

¿Donde están? ¿A dónde se fueron todos?

III
Es indiferencia en principio pero indolencia al final. Sobre la tumba de la República está la lápida de la indolencia nacional e internacional. Adornan esa lápida, epitafios como “Bueno, qué le vamos a hacer”. Internacionalmente, la indolencia, la indiferencia y la irresponsabilidad, se presentan cínicamente en discursos de personajes como Juan Manuel Santos y su canciller María Holguín, quienes hoy, en los últimos meses de sus largos ocho años de gestión de gobierno en Colombia, se horrorizan porque hay venezolanos dumiendo en sus estaciones de buses, vendiendo chucherías en los semáforos o colmando pasos fronterizos. Indignada la Canciller, reclama la situación con las parturientas venezolanas que llegan a hospitales públicos colombianos, desconociendo lo que significa parir en Venezuela, pero “haciéndose la paisa” a su vez con la responsabilidad que tiene con el agravamiento de la situación en Venezuela, al pasar 7 de sus ocho años de gestión sirviendo de aguantapatas a la tiranía chavista, a la cual se negaba a condenar, con la cual colaboraron entregando perseguidos como Lorent Saleh y Gabriel Valles a un régimen que los encarcelo y torturó sin permitirles siquiera tener un juicio.

El indiferente gobierno colombiano y su indolente Canciller, su Nobel presidente y su irresponsable opinión pública, puso alma, vida y corazón en ignorar la situación en Venezuela para no incomodar al régimen venezolano en medio de ese proceso de paz con la narcoguerrilla de las FARC, haciendo una “Operación Chamberlain” donde se les dio a escoger entre la desvergüenza y la guerra, escogieron la desvergüenza y, parafraseando a Churchill, tendrán también la guerra. Esos desplazados venezolanos son víctimas, muchos, de sí mismos por haberse negado a luchar contra el régimen que hoy los hace huir. Pero son también víctimas de la indiferencia de quienes creen que a ellos no les pasará lo mismo pronto, o de quienes pudiendo hacer algo desde sus posiciones para evitar la metástasis, le dieron más cigarros gratis al amigo con enfisema.

Y la indolencia sigue su curso. La indiferencia llegó a la adultez mientras los niños venezolanos siguen esperando su turno en la lista de la desgracia: pueden morir de hambre o de enfermedad, de parto o de sobresalto, de un balazo o con una bomba lacrimógena lanzada a mansalva a la cabeza. De miedo, de llanto. De cualquier síntoma.

Pero la enfermedad es la indiferencia convertida en su etapa superior: Indolencia.

IV
Aquí, en mi exilio que apenas comienza, cuando camino por las tranquilas calles alemanas llenas de historia, me pregunto ¿Cómo hablarán los historiadores del futuro de esta Venezuela que nos vio partir a muchos, que vio morir a tantos y que padece tanto horror? Ayer, hundido entre los libros de la biblioteca pública que me refugia todas las tardes en esta ciudad, me respondí: De esta Venezuela dirán los historiadores que no es más que una tierra llena de padres sin hijos, de abuelos sin nietos y de niños que cargan ataúdes de otros niños, mientras esperan su turno para morirse también.
A veces, el gentilicio es, más que una nacionalidad, un dolor.

martes, 20 de febrero de 2018

❤ EL FARISEO DEL QUE SE HABLA EN LAS SANTAS ESCRITURAS SOY YO MISMO

EL FARISEO DEL QUE SE HABLA 
EN LAS SANTAS ESCRITURAS SOY YO

Jesús vino para poner a una ramera por encima de un fariseo, al ladrón penitente por encima del sumo sacerdote, y al hijo pródigo por encima de su hermano ejemplar. Para todos los farsantes y falsarios que dirían que nunca podrían unirse a la Iglesia porque su Iglesia no era lo suficientemente santa, les preguntaría: “¿Cómo de santa debe ser la Iglesia antes de que usted entre en ella?” (Fulton J. Sheen)
Me parece frustrante cuando la gente habla de los fariseos como si fueran sólo un ejemplo histórico de lo que no hay que hacer.
Algo que no tiene nada que ver con nosotros.
De hecho, muy a menudo, cuando la gente habla de los fariseos, en realidad habla como ellos: “¡Gracias a Dios, no soy como esa gente!”
Sí, es obvio que Jesús no se limitaba a considerar a esos hombres como ejemplos de lo que no hay que hacer. Por ejemplo, muchas veces estaba con ellos. Iba a sus casas. Comía su comida. Perdía el tiempo con ellos, respondía a sus preguntas.

Si la Escritura denuncia a los fariseos, cuando la leo me está denunciando a mí. Como consecuencia lógica, también denuncia el fariseísmo en general, pero lo primero que hace es denunciar mi propio fariseísmo, que sin duda lo tengo. Cuando leo o escucho que el “puñetero” Pilatos se desentiende de la verdad y la justicia, que Herodes sólo quiere ver prodigios, que el joven rico está muy apegado a sus bienes, no me estoy enterando de nada si pienso que eso está escrito para Luis, Yolanda, Antonio o Juan Nadie. La Palabra de Dios me dice eso a mí, porque soy un cobarde que se avergüenza de la verdad del Evangelio a poco que el Mundo me esté mirando, porque le pido milagritos y consuelos constantemente al Señor y me enfurruño si no me los da y porque para librarme de los bienes a los que está apegado mi corazón necesitaría una flota entera de camiones de mudanzas.

Del mismo modo que el principio de la sabiduría es el temor del Señor, lo primero que hace falta para comprender por qué en el Evangelio hay palabras tan duras contra los fariseos, Herodes, los ricos, los soberbios, los que no acogen a los que predican el Evangelio, los que no se visten de fiesta para el banquete del Reino, los satisfechos de sí mismos, los que dicen que tienen fe pero no tienen obras, los que no creen o los que pecan contra el Espíritu Santo, entre otros, es reconocerse a uno mismo en ellos. Como dice la Carta a los Corintios, estas cosas sucedieron como ejemplos para nosotros, para que no codiciemos cosas malas, como ellos codiciaron, y no seáis idólatras, como algunos.

Para entender de verdad lo que es el fariseísmo, hay que empezar diciendo, por obra de la gracia de Dios: el fariseo soy yo. No hay otro camino. O mejor dicho, hay otros caminos, pero son caminos que llevan inevitablemente al doble fariseísmo, al fariseizar fariseando del que hablábamos: “gracias, Señor, porque no soy como estos fariseos”. 

San Pablo lo entendió perfectamente: Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, entre los cuales yo soy el primero.

Como también decía un lector hace poco, la primera consecuencia de encontrarse con la luz de Cristo es que uno se da cuenta de que es feo de narices, porque ve sus propias arrugas y verrugas. Se encuentra así con la paradoja fundamental del cristianismo: siendo nosotros pecadores, Cristo murió por nosotros. Dios nos ha amado y nos ha salvado sin que lo mereciéramos. Por pura gracia habéis sido salvados.

No es de extrañar que esa gran experiencia paradójica tenga dos consecuencias también paradójicas: por un lado, un gran amor y una gran paciencia con los pecadores y, por otro, un terrible odio al pecado. Cuando falta una de las dos cosas, es señal de que la paradoja fundamental del cristianismo se ha sustituido por algún tipo de ideología humana, meramente humana, que no puede salvar.

Jesús amaba a los fariseos
No creo que él les hubiera hablado tan duramente si no les amaba. Es más bien como si Jesús les estuviera mostrando su frustración, “¡ya estáis llegando! ¡sólo seguidme un poco más de cerca!”

San Pablo era un fariseo, lo que evidencia que el celo y la escrupulosidad mal dirigidas pueden orientarse hacia un asombroso celo por la evangelización y la santidad.

Por esto creo que es importante que los fieles cristianos pongan atención a los fariseos y a la crítica de Jesús hacia su conducta. Si vamos a la Iglesia, conocemos nuestra fe y ponemos a Dios en primer lugar, entonces todos corremos el peligro de comportarnos como los fariseos. De hecho, podemos estar bastante seguros de que vamos a actuar como ellos en un momento u otro.

Si logramos darnos cuenta de cuándo nuestro comportamiento es similar al de ellos, en sentido negativo, entonces podremos tratar de convertirnos en una persona que observa la fe cristiana con la intensidad y el equilibrio que Pablo mostró y que Jesús alentó.

Teniendo esto en mente, he aquí cinco signos de un fariseo moderno, según las Escrituras:

La levadura del desasosiego
Jesús nos dice que tengamos cuidado “con la levadura de los fariseos” (Mc 8, 15).

Es interesante considerar el papel de levadura o de la fermentación en la fabricación de pan. Comienza pequeña, pero infecta todo el pan. De hecho, una de las definiciones de la palabra fermento es “incitar o provocar (problemas o trastornos)”.

Cuando nos comportamos como los fariseos, creamos problemas entre los fieles. A menudo, nuestras intenciones son buenas. Pero nuestras acciones causan gran malestar, un fermento insano y poco santo en la mayor parte de los fieles. Podemos discernir si el desasosiego es saludable mediante el análisis de sus frutos.

Si el fruto de la “levadura” de una persona es el miedo, el enfado, el desasosiego, en lugar de la paz, el amor, la alegría y el resto de frutos del Espíritu, tenemos que estar en guardia. El Señor no actúa allí donde los frutos del Espíritu no están presentes. Y especialmente, no está presente allí donde el fruto de las acciones de una persona es el temor: “No hay temor en el amor” (Jn 4, 18). Cuando nuestro comportamiento es un fermento santo, lleva a los demás a desear la santidad, a acercarse a Dios y a actuar con caridad.

Jesús, ayuda a que mis palabras y obras lleven a los demás a la santidad y a experimentar a Dios y los frutos del Espíritu.

Expertos en vigilancia
Hay un evangelio que me hace reír a carcajadas cada vez que lo leo. Jesús está caminando por el campo con sus discípulos en sábado, y los discípulos arrancan trigo porque tienen hambre. Los fariseos (¡que debían estar escondidos en los campos!) aparecen e inmediatamente se enfrentan a Jesús porque sus discípulos están violando el sábado (Mc 2, 23–24).

Los extremos a los que llegan los fariseos para decir que Jesús y sus seguidores estaban equivocados son de verdad absurdos. Variaciones de la frase “estaban vigilándole” pueden encontrarse por todas partes en los evangelios. Mientras Jesús está ocupado curando, haciendo milagros y predicando el reino de Dios, los ojos de los fariseos están siempre encima suyo, no para aprender de él sino para encontrar algo que esté haciendo mal.

Rara vez hay un comentario en internet que no sea básicamente “Sí, pero …”. Nos encanta pasar el arado en todas las cosas buenas para encontrar justo esa parte en la que hay algo que no va bien. Nos convertimos en fariseos cuando siempre miramos hacia afuera con un ojo crítico. Nada es nunca lo suficientemente bueno para el fariseo. Y nada merece regocijo, a menos que sea la caída de los demás.

Jesús, ayúdame a fijarme en ti, no como los fariseos, sino como un niño que no quiere más que imitar a su papá. Ayúdame a ver la dignidad de los demás como tu los ves, y a tratar a los demás con respeto y gran amor.

Gracias a Dios no soy como…. (quien sea)
Todos nos acordamos del fariseo de la Escritura que estaba de pie y rezaba diciendo, “Te doy gracias Señor porque no soy como este y este” (Lc 18, 11).

Este fariseo de verdad creía que la oración adecuada suponía reconocer todo lo que hacía bien. Este es el peligro de estar cerca de la derecha: empezamos a creernos algo por ello. Nos fijamos en otros que están haciendo las cosas mucho peor, y asumimos que escapamos de ese camino porque algo de lo que somos nos hace mejores.

Pensamos, mis pecados pueden ser malos, pero gracias a Dios no son tan malos como los de esa persona. Gracias a Dios no soy como ese liberal que todo lo acepta, ese estirado tradicionalista, ese progresista hereje, ese carismático loco, ese conservador atrapado en el pasado o ese católico ignorante.
O incluso estás leyendo esto y pensando, ¡gracias a Dios no soy un fariseo!
El problema con esta manera de pensar, y es evidente en la conducta de los santos, es que la verdadera santidad se fija en lo que necesita mejorar en uno mismo. Y si los santos podían encontrar en sí mismos muchas cosas que mejorar, esta es la actitud que deberíamos tener.

Jesús, ayúdame a agradecerte por todas las gracias que me has concedido en la vida. Ayúdame a ser luz para los demás y a abrirme a lo que los demás tengan que enseñarme.

Relación insana con la autoridad
Es interesante observar que Jesús dice a la gente que se someta a la autoridad de los fariseos. Les dice de “hacer todo lo que dicen” aunque les advierte que no deben seguir su ejemplo (Mt 23, 3). Cuando lo pensé por primera vez, me sorprendí. Ahí está el Hijo de Dios, aceptando la autoridad de los fariseos, porque su autoridad en la tierra representa la autoridad del Padre.

Los fariseos, por su parte, se indignan cuando ven a Jesús actuar con autoridad. Jesús demostraba su poder mostrando qué prácticas eran superfluas y qué era esencial según la ley. En respuesta a la autoridad divina de Jesús, los fariseos planean su muerte. Jesús reconoce la autoridad legítima, pero los fariseos, mientras que están al tanto de un aspecto de la misma, son ciegos a la fuente de la propia autoridad.

Como seres humanos pecadores, tenemos una relación ambigua con la autoridad desde el principio. Es difícil para nosotros reconocer la autoridad de Dios, no digamos la de sus mediadores en la tierra. Es verdad que la rebelión y el cuestionamiento saludable puede ser una cosa buena. Pero abusamos de esta verdad cuando desobedecemos cuando pensamos que sabemos más que Dios o cuando la crítica a los demás se convierte en una obsesión que nos lleva a hacer de la desobediencia un estilo de vida.

Jesús, ayúdame a tener la virtud de la obediencia en mi corazón para que pueda reconocer tu autoridad en la tierra y pueda ser más amable, dócil y llena de caridad.

Exactitud despiadada
En la parábola del fariseo y el publicano, mientras el fariseo se da palmaditas en la espalda, el publicano suplica misericordia. Es una dinámica interesante. El fariseo cree que está bien y que no necesita misericordia. Pero el publicano sabe que está enfermo, y que necesita a Dios.

Esta dinámica interna en uno mismo a menudo se extiende a los demás. Si nos vemos a nosotros mismos como poco necesitados de misericordia, no daremos misericordia a los demás. Si sabemos que necesitamos gran cantidad de misericordia de Dios, entonces extendemos esa misericordia a los demás. ¿Por qué es esto? Porque cuando sabemos que estamos necesitados de la misericordia, nos acercamos a Dios y él nos acuna en sus brazos. Cuando hemos experimentado este amor absoluto e incondicional del Padre, dudamos menos en dar el mismo amor a los demás. Lo conocemos, lo hemos experimentado, y nos desborda.

En todos los corazones crece a veces la frialdad del fariseo. Todos tenemos dificultad para sentir compasión por ciertas personas. Cuando esto sucede, pide ayuda al Señor que te ayude a ver tu propio pecado con mayor claridad, no para hundirnos en la culpa, sino para poder ver tu propia necesidad de aceptar la misericordia de Dios y extenderla a otros.
Jesús, acógeme en tu corazón misericordioso. Quiero ser un administrador de amor y misericordia para los demás; ayúdame a ser como Tú.

Lo opuesto a ser cristiano o a ser discípulo de Jesucristo no es ser pecador, es ser FARISEO:
- No se deja salvar gratuitamente por la gracia de Dios.
- Es cumplidor exigente y riguroso de la ley de Dios. 
- Le cobra a Dios. Se cree mejor que los demás, los juzga y los condena.
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