EL Rincón de Yanka: HAY QUE REPENSAR LA FE O REPENSAR A LOS TEÓLOGOS: "TEOLOGISTAS" RACIONALISTAS

inicio








sábado, 3 de diciembre de 2011

HAY QUE REPENSAR LA FE O REPENSAR A LOS TEÓLOGOS: "TEOLOGISTAS" RACIONALISTAS


TEOLOGÍA SIN DIOS NO ES TEOLOGÍA


"Creer en Dios no es pensar en Dios, 
sino sentir -sentipensar- a Dios". 
Pascal
 
Esta frase ya se la dije al testigo de Jehová 
y racionalista de Torres Queiruga.
Y me respondió que no había leído sus libros. 
Es católicamente soberbio...

El propio Dios tiene todo que ver en nuestra donada Fe Amorosa con el don de conversión y de quebranto que se vive en gerundio: Convirtiendo...

Porque todo es GRACIA...

He escuchado a muchos teólogos y me han parecido muy soberbios y muy racionalistas. Además van de intelectuales. Son muy teóricos y muy egoístas. Hablan de cosas que no han experimentado ni vivenciado. Creen pensando y no sentipensando a Dios.
Son los nuevos escribas. Jesús no escogió a ningún escriba o teólogo como discípulo.

No viven la GRATUIDAD. Que El Señor les quebrante (es una bendición)...
 
“Fuego, Dios de Abraham, Isaac y Jacob”, y no, Dios de los Filósofos y los sabios”. Es decir, que Pascal apuesta por el Dios Fuego, por el Dios vivo en contraposición a un Dios teórico o conceptual. Él experimentó al Dios vivo, al Dios de la Fe, y en tal vivencia transformadora, comprendió con asombro gozoso que la irrupción de la realidad de Dios es muy diferente en comparación con lo que la filosofía griega o la filosofía matemática de un Descartes pudieran explicar sobre Dios.
El Cardenal Joseph Ratzinger (actual Papa Benedicto XVI) señala que el Dios de la Fe es el Dios del Nombre, del monoteísmo, y el Dios de los filósofos es el de Aristóteles como el Dios concepto, el Dios Motor Inmóvil o el Dios garante de Descartes. Se debe tener presente que Blaise Pascal (1623‐1662) forma parte del pequeño grupo de filósofos que escriben para conocerse a sí mismos, dedican su vida a ello y no para resolver problemas conceptuales. La religión es vivencia, la filosofía es teoría, luego, el Dios de la religión es vivo y personalmientras que el Dios de los filósofos, vacío y rígido.


 
 


HAY QUE REPENSAR LA FE


Algunos insisten en ello, hay que repensar la fe. A mí me provoca un cierto grado de estupefacción. Yo siempre he creído que primero hay que tener fe y para ello nada mejor que dar a conocer aquello en lo que se cree. Lo de repensar la fe, me suena a jugarreta de sabios y eruditos. Y es que la fe no hay que pensarla, digan lo que digan, teólogos o iluminados de diverso pelaje. La fe hay que vivirla y darla a conocer. No se trata de una elucubración intelectual que necesita de conocimientos filosóficos y lecturas difíciles de digerir. Eso se lo dejaremos a los intelectuales de la fe, que los hay y de diversa condición: unos tienen la misma fe que nosotros profesamos, otros intentan desmontar esa misma fe, y algunos se atreven a insinuar que los creyentes estamos condenados al ostracismo si no convivimos con la modernidad.

En este punto cabría determinar qué es la modernidad, en qué consiste. Y puestos a ver con los ojos del Evangelio la cosa está bien clara. No parece que tengamos que acomodarnos a la sociedad, sino ser fermento y levadura que impulse al cambio radical, a la metanoia, a la trasformación de esta misma sociedad. Estamos rodeados de hombres de buena voluntad que tratan de convencernos de la bondad de su pensamiento, pero nos alejan del espíritu de Jesús. Se empeñan en humanizar la fe despojándola de ritos y ceremonias. Y está bien, forma parte de las bienaventuranzas ocuparse de los demás, ser samaritanos. Pero no basta sólo el hacer. En realidad si no se nace de nuevo, a la manera que Jesús le indicaba a Nicodemo (Juan 3, 8-12), poco lograremos. Y nacer de nuevo es mirar las cosas con los ojos de arriba no con la mirada de nuestro siglo, sino con la perspectiva del Espíritu.

Humanizar la fe ha dejado a la gente tirada en las cunetas. Se ha hecho una labor maravillosa de asistencia social, que siempre estuvo en el origen de la Iglesia. Pero, amigos, si no vivimos esa relación de unión entre Dios y nosotros, poco lograremos. Quien se empeñe en un asistencialismo desprovisto de horas de oración, conseguirá una estupenda ONG, un maravilloso hospital, una admirable escuela. Pero no por ello tiene ganada la partida. Y es que nuestra fe pide horas de intensa entrega espiritual, horas que nos hacen comprender que la Iglesia está formada por gente diversa y en ello precisamente reside su grandeza, en poner los dones de cada uno al servicio de toda la comunidad. Sin menospreciar ni al más insignificante de los trabajadores de la viña del Señor. Quien en definitiva se encarga de hacernos crecer en la fe, de moldearnos según “el agua y el Espíritu”. “Lo que nace del hombre es humano; lo engendrado por el Espíritu, es espiritual. Que no te cause, pues, tanta sorpresa lo que te he dicho: Tenéis que nacer de lo alto”. (Juan 3, 6-7).

Resulta gratificante encontrarse con hombres y mujeres buenos, pero no nos olvidemos que nosotros debemos estar llenos de la gracia de Dios para convertir sus corazones. Somos instrumentos en la mano del Señor que nos mando predicar por todo el mundo. No dijo sólo sed amables y serviciales y ya está todo hecho. “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna. Dios no envió a su Hijo al mundo para condenarlo, sino para salvarlo por medio de Él. El que cree en Él no será condenado; por el contrario el que no cree en Él ya está condenado, por no haber creído en el Hijo único de Dios. El motivo de esta condenación está en que la luz vino al mundo y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque hacían el mal. Todo el que obra el mal detesta la luz y la rehúye por miedo a que su conducta quede al descubierto. Sin embargo, aquel que actúa conforme a la verdad, se acerca a la luz, para que se vea que todo lo que hace está inspirado por Dios”. (Juan 3, 16-21).

A mí me gusta recordar una frase que dice “dentro del desorden siempre hay un orden”. En el caos de la vida, también hay un orden de prioridades. Si la vida es una entrega permanente al Señor y a los demás, aunque nuestras obras sean insignificantes, a los ojos de Dios serán más que suficientes. Por eso me gusta pensar en la comunión de los santos, en que todos juntos intercedemos unos por otros. Y que no nos salvamos solos. Formamos parte de la Iglesia y debemos presentarla como una gracia y un don maravilloso que nos hace ser hermanos unos de otros. Por supuesto el Evangelio de Juan será interpretado según diversos exégetas. Todos ellos mucho más versados que yo en Sagrada Escritura. Pero lo que trato de significar es que el regalo de la fe no es tanto pensar mucho, sino más bien ser dóciles al Señor, amar mucho a Dios y a los demás. Y de esto último sí que se nos juzgará.


Carmen Bellver


VER+:

EL DIOS DE LA FE Y EL DE LOS FILÓSOFOS